Hace un mes se me paró la vida. Y por unos días, que parecieron años, sentí que todo acababa ahí. Sólo en momentos como ése se revela la inmensidad del amor, de la vida misma. Ni todas las palabras bellas del mundo, todas las que hablan del amor sincero e infinito, ni todas aquellas que alguna vez pronuncié escondían tanta verdad como en aquel momento. Creí que mi vida se escapaba en aquellos ojos que desde niña la iluminaron. Creí que le perdía y que mi alma y mi vida se iban con él. Tanto dolor es indescriptible. Porque ninguna frase poética, ninguna palabra rotunda, ni siquiera un millón de palabras encadenadas describirían qué se siente al morir por dentro. No había ningún lugar en el mundo, ninguno, donde quisiera estar más que junto a él. Y cuando me echaron de allí, cerré los ojos y me encontré perdida, dando vueltas en un lugar que no me ofrecía el cobijo que siempre encontré en sus manos. Necesitaba -necesitar de verdad, de imprescindible- volver a su lado. Ahí redescubrí mi sitio en el mundo, el sentido de mi vida. La noche más dura, más amarga y oscura de toda mi vida se me echaba encima. La pasé en vela, llorando lágrimas tan duras que destrozaron mis ojos. Y estaba sola, había tanta gente alrededor! pero estaba sola. Estaba aturdida, no sabía qué decía, ni qué hacía. Sólo quería verle otra vez y no separarme nunca de allí.
Y regresé por fin. Quería matar a todos los que me impedían cruzar aquella puerta. Charlaban y reían ajenos al dolor y al sufrimiento que se respiraba. Sentía tan denso el aire que se me agolpaba en la garganta. Se me olvidó respirar. Porque el aliento y el por qué de mi existir se ahogaba también entre el dolor, la culpa, la angustia, la soledad, el miedo, la rabia y el fin y yo no podía estar junto a él.
Cuando pude cruzar el pasillo, abrir la puerta, recorrer la sala y verle de nuevo sonreír a duras penas, sentí que la vida me invadía de nuevo. Seguía habiendo razón para vivirla. Se hizo la luz.
Pasé por la negación, el autismo, el dolor incesante, el insomnio, las pesadillas… Pero nada pudo conmigo. Del todo. Porque en el camino se han quedado tantos lamentos, tanta impotencia, tanto dolor, tantos planes truncados, tantas decepciones. Pero se han quedado atrás porque sigue habiendo un hoy y un mañana. Está siendo duro pero hemos desterrado la soberbia de la queja. Porque se nos ha regalado de nuevo la vida.
Oí una vez que “en la prosperidad, nuestros amigos nos conocen; y en la adversidad, nosotros conocemos a nuestros amigos“. Yo he descubierto a verdaderos amigos. He visto en ellos la preocupación, el interés y la ayuda incondicional. De otros, he hallado una cara más amarga que prefiero olvidar. No tendré tiempo nunca de terminar de agradecéroslo a todos los que nos habéis ayudado. Gracias infinitas y muy especiales a mamá, Nieves, Manolo, Silvia, Óscar, Rafa, Carmen, Rafa Jr, María, Juanma, Patri, Nieves Jr, Coita, Maite, Campanero, Paola, Trini, Miguel Ángel, Lucía, Esther, Esperanza, Javier G, M Jo, Nieves P, Óscar D.
Hace un mes se me paró la vida. Pero eso fue hace un mes. Hoy sigo aquí contigo y, con más rotundidad que nunca, sé que será para siempre.